El fin de semana no empieza cuando salís del trabajo. Empieza cuando prendés el fuego. Porque si hay algo que une a los paraguayos más que el fútbol, es el asado. Esa tradición que no necesita motivo, solo ganas de juntarse, compartir y disfrutar buena carne.
La costilla extra ancha es el primer paso de un buen sábado. Dorada, jugosa y con ese aroma que se siente desde la vereda. Es el corte que marca el ritmo del asado y el que hace que todos se acerquen a preguntar “¿ya está?”. Después viene el vacío, ese clásico que nunca falla: tierno, sabroso y fácil de manejar, ideal para cuando el fuego ya está parejo y la charla empieza a fluir.
Pero un asado paraguayo no se termina ahí. Para el tercer tiempo —ese momento en que ya nadie se acuerda del marcador del partido— entran en juego los acompañamientos que hacen historia: chorizos parrilleros, morcillas y butifarras. Porque no hay previa ni sobremesa sin algo para seguir picando.
El secreto está en disfrutar del proceso: encender la brasa, servir una ronda, girar la carne con paciencia y dejar que el fuego haga su parte. Un buen asado no se apura. Se vive, se comparte y se repite.
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